Tanto trabajadores como familiares de residentes están denunciando el maltrato que sufren las personas mayores. Apoyados por Marea de Residencias, ayer se manifestaron frente al centro, gestionado por Grupo 5.
Denuncian explotación laboral, falta de personal, que no hay personal sanitario...Que los ancianos están desnutridos y deshidratados (hacen papillas mezclando las sobras), que se mezclan medicaciones, que se reciclan los pañales, que se les ducha una vez a la semana y con agua fría...Incluso la Comunidad de Madrid ha reconocido que la empresa incumple los pliegos. Un crimen. Acompañado de la preceptiva opacidad y desinformación a las familias por parte de la empresa y el cobarde y vergonzante silencio de la directora de la residencia.
Desgraciadamente, nada que nos sorprenda. Son las consecuencias de privatizar nuestros servicios públicos, que al final un fondo buitre gestiona nuestras vidas.
Es un crimen. Lo que está pasando con nuestros mayores no tiene nombre. En un informe preliminar presentado por la Secretaría de Estado de Derechos Sociales, durante la primera ola del coronavirus (de marzo a finales de junio) murieron 20268 personas en residencias de servicios sociales. El informe analiza los factores que han llevado a esta catástrofe anunciada. No hay sorpresas
Más allá de la alta contagiosidad del virus y de la vulnerabilidad propia del colectivo, destacan factores como la falta crónica de personal y con unas condiciones laborales lamentables, la falta de personal sanitario y específicamente formado, falta de epis, mala planificación, modelo basado en macroresidencias, deficiencias en las estructuras de los centros que favorecen el contagio, inadecuación de los planes de contingencia...En resumen, la situación que trabajadoras y familiares llevan años denunciando.
Además, el informe resalta que la opacidad ha sido la tónica general (generando un gran sufrimiento a las familias por la desinformación) y en muchas ocasiones las medidas contra el coronavirus han sido ineficaces y han atentado contra los derechos y la dignidad de los residentes (como la prohibición de visitas, suspensión de servicios, el aislamiento prolongado o mecanismos de contención vejatorios dirigidos a personas con deterioro cognitivo).
Los
trabajadores sociales de Madrid llevan meses de protestas por las malas
condiciones que existen en buena parte de los centros de acogida para personas
sin hogar, la mayor parte de ellos gestionados como lucrativas empresas y donde
los brotes no cesan
Uno de los principios de
la nueva economía es que para sobrevivir hay que crecer siempre. También en
tiempos de pandemia. Y los trabajadores de los servicios sociales conocen sus
consecuencias. El mercado persa en el que se ha convertido el sector les causa
estragos. Están agotados e irritados. No hay más que ver su descontento y
escuchar cómo sobreviven en una situación límite: “Es un verdadero caos. Nos
han abandonado a nuestra suerte y ya no aguantamos más. Estamos hartos”, relata
un miembro de una de las secciones sindicales del Centro para Personas sin
Hogar Juan Luis Vives de Madrid, un albergue donde 130 residentes conviven a
diario con 4 o 5 trabajadores sociales, un enfermero y, a veces, sin médico. La
mayoría son empleados eventuales. “Hay miedo a perder el puesto y a las
represalias internas si te quejas de la situación a altas instancias. Por eso
no queremos identificarnos”, se justifica para mantener su anonimato. Denunciar
la podredumbre de las condiciones laborales es traspasar un límite protegido
por un poste de alta tensión.
Frente a los rigores de
la enfermedad, el negocio ha seguido creciendo. La austeridad reina en los seis
grandes centros que hay en Madrid donde han llegado a racanear hasta las
mascarillas. Eso ocurrió entre marzo y mayo y casi provoca una rebelión. Por
eso mejoraron un poco las cosas pero sin aflojarles las tuercas.
– “¿Ya les han hecho
PCR?”.
– “No. A algunos usuarios
les han hecho test de antígenos”, responde.
– “¿Y a los
trabajadores?”. La pregunta le resulta estúpida y contesta con ironía ácida:
“Sí, cada mañana. Y nos ofrecen un daiquiri al darnos los buenos días”.
Aunque en varios
albergues ya han comenzado a realizar análisis entre el personal de servicio,
la norma habitual ante la alarma es el confinamiento voluntario. Y luego que el
afectado contacte con su médica de familia por su cuenta y riesgo que es quien
finalmente debe ejercer de rastreadora obligada. Si la luz roja se enciende
dentro del albergue, nada se altera. Elaislamiento por contacto estrecho no se aplica “o simplemente es
imposible de hacerlo” con residentes confusos que llegan allí huyendo del
miedo. Todos recalentados con brasas de dolor humano. Enfermeros, auxiliares y
médicos llevan exigiendo desde marzo una mayor implicación a empresas y responsables
municipales para contener la situación pero la paciencia se agota. No creen en
la compasión humana. “En realidad, no creemos en nada”, añade el sindicalista
del Juan Luis Vives.
Semanas antes de
producirse el colapso por la pandemia, los empleados del Samur Social de Madrid
advirtieron públicamente que las condiciones laborales que ofrecía la empresa
concesionaria de un servicio que atiende a miles de ciudadanos, el Grupo 5 Acción
y Gestión Social, eran nefastas: Contratos basura, temporalidad, sobrecargas de
turnos, falta de cobertura al absentismo, incumplimientos de convenios. “Así es
difícil trabajar”, comenta uno de ellos. El Grupo 5 forma parte de uno de esos
conglomerados voraces que han transformado este sector en un negocio fascinante
y lucrativo, Corpfin Capital Real Estate, un fondo de inversión al que la
privatización de los servicios sociales del Ayuntamiento de Madrid ha
convertido en uno de sus principales beneficiados. Además del Samur Social,
administra centros de acogida para personas sin hogar como el citado Juan Luis
Vives, designado en su día como el albergue referencial para la vigilancia y
aislamiento de residentes con síntomas de coronavirus; o el de Puerta Abierta,
un recinto habilitado hace 19 años cerca del aeródromo de Cuatro Vientos que el
pasado 21 de septiembre sufrió un brote de coronavirus descomunal: 50 de sus
120 usuarios cayeron enfermos.
Equipo directivo de Corpfin Capital
“El abandono que sufrimos
trabajadores y usuarios desde el inicio de la pandemia han sido una constante”,
denuncia un miembro de la sección de servicios sociales del sindicato CC.OO.
que también prefiere mantener su anonimato. “¿A quién le importa lo que sucede
en estos centros después de ver lo que está sucediendo en Madrid? ¿A alguien le
interesa, de verdad, qué recursos se dedican a cuidar e intentar reincorporar
socialmente al último eslabón de la cadena, a los pobres entre los pobres? ¿Qué
representamos los trabajadores sociales, los auxiliares y los enfermeros en las
circunstancias actuales de crisis? ¿Y los usuarios? Ah, claro, ellos no votan”,
afirma descorazonado pero sin ocultar su sincera indignación. “Vivimos en la
protesta continua”, insiste.
Proteger a estos centros
del coronavirus ha sido un aviso recurrente de médicos y especialistas en el
ámbito social y económico durante los siete meses de pandemia. “Cuidado con los
brotes que se puedan producir”, alertaron en marzo, “porque muchos de sus
usuarios tienen el sistema inmunológico debilitado”. La ciencia reclamó
extremar la prevención. Nada. En septiembre, con las cifras de transmisión en
aumento vertiginoso, empezaron a realizarse test de antígenos, con su limitada
eficacia ya contrastada, y que sirvieron de poco “porque no fueron acompañados
de controles a la entrada y salida de los albergues”, explica una auxiliar de
otro centro madrileño, en este caso de los Geranios, una instalación regentada por la Asociación
Comisión Católica Española de Migraciones (ACCEM) donde cada día atienden a un
centenar de personas.
Demasiado movimiento para
implantar el protocolo de respuesta a emergencias en este tipo de instalaciones
que el Ministerio de Derechos Sociales estableció en agosto. Un plan que exige
el aislamiento inmediato de los casos sospechosos en módulos especiales dentro
del propio edificio. Difícil de ejecutar sin herramientas en los centros que
hay en la ciudad de Madrid. Sin embargo, ACCEM acaba de lograr que el Ayuntamiento
de Madrid renueve el contrato que tenían firmado para dirigir otro albergue de
estas características: El Vivero. El acuerdo suscrito en julio asciende a 3,3
millones de euros, un 9,57 % más que el anterior. Allí se detectó a principios
de octubre un brote agresivo. Primero fueron 13 los infectados. En tres días
ascendió a 33. “33 entre 120 residentes. Imposible de controlar”, insiste una
trabajadora. La inquietud se apoderó del centro.
También el desánimo. El
de Puerta Abierta fue clausurado hace unas semanas, después de una dura e
incesante pelea entre trabajadores y dirección. Había motivos sobrados. El
peor, sin duda, que 50 de los usuarios presentaban síntomas de contagio. En el
interior, la tensión se podía cortar con un cuchillo. “Nosotros mismos tuvimos
que ingeniar la manera de aislar a los sospechosos. Las condiciones eran
pésimas, por decirlo finamente. Es que la propia distribución del edificio es
jodida, con habitaciones colectivas, etc. Así que optamos por dividir un largo
pasillo por la mitad. A un lado ubicamos a los que estaban sanos y al fondo, a
los enfermos. Pero, claro, evitar el contacto de unos con otros, que ya es
complicado en una situación de normalidad, era como pedir peras al olmo.
Imposible, vamos. Reclamamos a la empresa que hiciera PCR masivos y que cerraran
el centro pero tardaron semanas en hacerlo. Y eso que hubo gente en la
dirección muy implicada pero los de arriba no parecían estarlo porque tardaron
semanas en reaccionar”, revela un auxiliar del centro a quien aquella
calamitosa experiencia le produjo periodos de ansiedad indescifrables.
Finalmente, desinfectaron las instalaciones y los casos positivos fueron
trasladados a un hotel medicalizado que el ayuntamiento tiene abierto en el
barrio de Las Tablas. Allí cumplieron la cuarentena. Hoy, este auxiliar de
enfermería ha cambiado de trabajo. “Era muy complicado soportar esas
condiciones. Por suerte, he encontrado algo mejor”, admite.
La falta de personal es
uno de los grandes dramas que padecen estos centros, la penuria de un modelo
que la epidemia ha desmontado. “No tenemos enfermeros”, apostillan un
trabajador de ACCEM y otra de Grupo 5. Les dicen que no hay ninguno disponible
en el mercado debido a la enorme demanda de hospitales y centros de salud. “Por
supuesto que no los encuentran pero es por el sueldo que pagan”, coinciden.
¿Cuánto cobran? “1.000 euros al mes de media. En algunos casos, incluso menos.
Trabajando de lunes a domingo”, aclara uno de ellos. De la prevención de
riesgos laborales prefieren no hablar. “Hace unos días recibimos la visita de
la gente de inspección de trabajo y fueron atendidos por un miembro de la
empresa que no ha estado ni un solo día en alguno de los centros que tiene el
Grupo 5 porque es persona de riesgo. No conoce lo que hemos vivido. Todo fue
bien… para ellos”, revela un trabajador de Puerta Abierta.
El ambiente es
insostenible. La cifra de infectados, lejos de estabilizarse, prosigue un
ascenso acompasado.A una semana
tranquila le suceden dos de sobresaltos. Dolor, frustración, horas en
duermevela, discusiones cargadas de veneno, algunos silencios temerosos y
muchos enfermos. Los controles son confusos e insuficientes, sin rastreadores
ni pruebas PCR.Aunque desde el
Ayuntamiento destacan su compromiso por conocer y comprender al llamado sin
hogarismo, y el ejemplo que ponen es su reciente afiliación a la Federación
Europea de Organizaciones Nacionales que Trabajan con Personas sin Hogar
(FEANTSA), quienes a diario se parten la cara en el barro de este mundo no
opinan lo mismo. Aunque lo expresen con la boca pequeña y el ceño contraído.
“El problema de fondo es el fracaso del modelo que han implantado. No son
centros de reinserción sino de recogida de personas sin hogar. Han convertido
un servicio comunitario en un negocio”, explica el sindicalista del Juan Luis
Vives.
Los manuales básicos de
política psicosocial son claros: el objetivo final de estas residencias es
proteger a personas vulnerables pero también enseñarles habilidades que les
sirvan para cambiar su comportamiento y salir de los márgenes del mundo en el
que se encuentran. “No a todos pero sí a algunos”, concluía en una entrevista
el psiquiatra del servicio vasco de salud, Rubén de Pedro, entre sus funciones
está la de visitar los albergues de Bilbao abiertos a decenas de ciudadanos que
habitualmente duermen en la calle.Es
decir, ex menores no acompañados con profundos desarraigos, adultos con
diversidad funcional o con patologías de salud mental, jóvenes con problemas de
adicciones. Carnaza, a fin de cuentas, que se cotiza al alza en el mercado
libre de los servicios sociales. La privatización los ha convertido en clientes
de un negocio circular, sin puertas de salida ni escaleras por donde trepar en
el patrón social. Marginados cercados como corderos en fortalezas de silencio.
“¿A quién les importa? El 60% de los usuarios habituales son extranjeros que no
pueden regularizar su situación laboral y que no tienen más aspiración que
lograr una ocupación no lucrativa. Esa es la realidad en estos centros donde el
gasto por residente se mide al máximo. Un trozo de pan por persona, una servilleta.
No hay más. Mientras que en otra habitación los directivos se felicitan por la
rentabilidad y se reparten los beneficios de ese ahorro a final de año. Tenemos
gente de 64 y 65 años que son atendidos por personal auxiliar sin formación y
fuera de sus competencias. Eso es un fracaso del modelo, un parche. En Madrid y
en todos los sitios de España”, afirma el trabajador de un centro de acogida.
Vivir cada día es la
única opción para los usuarios. Y la esperanza se ha convertido en algo
improductivo para el personal que les atiende aunque sigan demostrando una
entereza admirable. Si no fuera por ellos, nadie acierta a decir qué habría
sucedido en estos últimos meses.
No tener casa mata. Sus sueños, sus oportunidades, su confianza, su salud...sus derechos. No es un lema, es así. La realidad. Cómo no va a matar no tener casa si la pobreza es el mayor factor de riesgo de muerte.
Pero ojo que aquí hay mucho buitre con piel de cordero.
Todos los años los que se benefician de la privatización de los servicios sociales, capitaneados por Cáritas y demás organizaciones de la beneficencia católica, organizan "jornadas de visibilización y sensibilización" sobre el sinhogarismo (en realidad, las "entidades" no hacen nada, lo hacen sus trabajadoras y trabajadores junto a las propias personas sin hogar). Las administraciones que con sus políticas públicas favorecen la exclusión de cada vez más gente, patrocinan el sarao.
Un paripé publicitario que año tras año, a modo de aperitivo prenavideño, nos recuerda que hay pobres y la gran labor de las "entidades del Tercer Sector". Aunque volvemos a indicir, aún a riesgo de aburrir, en una idea: las osigés no hacen nada. La labor, grande o pequeña, es realizada por los y las profesionales de los Servicios Sociales, con los recursos habilitados por las distintas administraciones (en resumen, dinero público).
Sin embargo, por manipuladas que puedan estar las "acciones de visibilización y sensibilización", tienen algo muy positivo: que visibilizan y sensibilizan. Además, estas acciones posibilitan que personas sensibilizadas con el sinhogarismo (profesionales, personas sin hogar, gente solidaria...) se junten en espacios informales y puedan hablar de igual a igual. Y charlando es como surge el sentir en común. Y el sentido común nos está diciendo que nuestros Servicios Sociales no están funcionando, y que en gran parte es debido a la privatización. ¡Ya lo dice hasta Naciones Unidas!
Con esta Declaración pretendemos poner de relieve la dramática situación de los instrumentos regionales de protección social, como los Servicios Sociales, ante el incremento de las necesidades de la ciudadanía madrileña, como consecuencia de la pandemia y sus derivadas económicas y sociales.
De esta forma, se hace hincapie en las enormes dificultades para acceder a unos ingresos mínimos, lo que aumenta preocupantemente la vulnerabilidad de las familias, las listas de espera en servicios esenciales como la Ayuda a Domicilio o la debilidad del modelo regional de cuidados fuertemente golpeado por la pandemia.
Esta segunda ola demuestra la falta de compromiso y liderazgo del Gobierno de Díaz Ayuso para afrontar con determinación las consecuencias sociales de la crisis de Salud Pública, desde la nula implementación de medidas de emergencia y contención, así como la falta de estrategias de transformación de este Sistema Público de Protección de competencia plenamente autonómica.
Sabemos lo que representáis: racismo, machismo, homofobia, aporofobia... Lo sufrimos directamente durante cuarenta años, y llevamos sufriendo el goteo constante de agresiones desde entonces: unas 4000 al año, según denuncia Movimiento contra la Intolerancia, incluyendo decenas de asesinatos desde los años 90. Desde la impunidad que otorga la connivencia policial y judicial, más que evidente. Os disfrazáis de antisistema pero no sois más que lo que siempre habéis sido, los perros de la patronal.
Nunca se fueron, pero ahora han vuelto a las instituciones sin careta. Para hacerlo, han puesto en el punto de mira al chivo expiatorio más débil que han encontrado: la infancia migrante desprotegida. Llegando a participar en el acoso y asalto a centros de menores. Con la caverna mediática centrada en la tarea de criminalización. ¿Alguien se imagina una escena más miserable y cobarde que la de una horda asediando un centro de menores, agrediendo y amenazando a niños y niñas? Pues volvió a pasar ayer en Madrid, con el permiso de la policía.
Según la RAE, terrorismo es la actuación criminal de bandas organizadas que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos. ¡Vosotros fascistas, sois los terroristas!
¡Qué difícil es explicar a qué nos dedicamos! Cualquiera que se dedica a "lo social" lo ha vivido: estar de cañas, y tras una larga conversación sobre tu trabajo llega la pregunta...¿exactamente a qué te dedicas? Muchas veces cuesta que nos entiendan, más allá del "ayudar a los pobres". Aunque suele bastar para despertar empatía y admiración, al menos temporal, entre los contertulios.
Más difícil lo tienen los cuadros medios de las entidades en nuestro sector. ¿Cómo explicar a qué se dedica un coordinador o un director de centro? ¿Coordina la intervención de su equipo o es un mero capataz? Pues depende. Hay de todo, como en botica. Como en todas partes.
Obviamente, entre los "jefes" de nuestro sector hay de todo, grandes profesionales muy comprometidos, compas que hacen lo que pueden con los pocos medios que tienen y las presiones que sufren desde empresas y administraciones, y también simples sabandijas corporativas. Pero desde Nuremberg no es válido el argumento de la obediencia debida, así que a pesar de las circunstancias condicionantes, en última instancia, cada cual es responsable personal de sus actuaciones. Cuando se asume un cargo de responsabilidad hay que elegir qué ser: o profesional o lacayo.
Y luego ya están los que pretenden ser más papistas que el papa. Los que recortan por cuenta propia para mostrar su "eficaz gestión" (llegando al absurdo de ordenar no llenar los vasos de leche o contar servilletas), los que niegan el ejercicio de derechos a la plantilla al margen de la propia empresa, quienes organizan turnos imposibles para evitar plantear a la empresa que se necesita más personal. En definitiva, aquellos manijeros que actúan como si el cortijo fuera suyo. Con la pandemia, estas situaciones se han agravado, llegando a poner en peligro la salud de la gente por la defensa a ultranza de los intereses corporativos.
Para evitar estas situaciones que todos conocemos, una medida básica consiste en basar el nombramiento de estos puestos en criterios de promoción objetivos, basados en los méritos y capacidades de la persona y no tanto en "cuestiones de confianza". Mucho más cuando la inmensa mayoría de los recursos son servicios públicos privatizados. Con dinero público no se puede fomentar el clientelismo.
No vamos a apelar a la conciencia de estos secuaces de la patronal. Para eso tendrían que tenerla. Aunque también sabemos que su acción se basa en la impunidad del anonimato. Y en ese desconocimiento del que hablábamos al principio. Igual si al ir a echarse unos botellines en el bar se supiera que su trabajo no consiste en ayudar a los pobres, sino maximizar los beneficios de un fondo buitre, las cosas cambiarían. Igual cada palo debería aguantar su vela.