miércoles, 15 de noviembre de 2017
lunes, 13 de noviembre de 2017
Concentración por la municipalización y la gestión directa de todos los servicios de los centros deportivos municipales
En plena negociación de
ampliaciones de jornadas, con el objetivo entre otros de municipalizar
los Centros Deportivos Municipales que vencen su contrato en esta
legislatura, se nos ha comunicado que los dos Centros Deportivos
Municipales del Distrito de San Blas – Canillejas (CDM Pepu Hernández y
CDM Fabián Roncero) no serán municipalizados fruto de la decisión de
la Concejala del Distrito Marta Gómez de la Hoz.
El Comité de Empresa no puede
aceptar una posición contraria al propio ideario de Ahora Madrid y
sobre la cual no se nos ha dado la más mínima explicación.
Es por ello que entendemos
imprescindible expresar nuestro rechazo a tal decisión con una primera
acción reivindicativa el próximo miércoles día 15 de noviembre en la
Junta de Distrito de San Blas – Canillejas a las 17.30 horas.
viernes, 10 de noviembre de 2017
ASISPA pone en peligro a nuestros mayores y dependientes
Obliga a sus trabajadores a realizar mediciones de las constantes
vitales, tales como la reactividad pupilar o la orientación
espacio/temporal de los usuarios, llegando incluso a despedirlos si se
niegan a ello por falta de formación.
Asispa, empresa concesionaria del Servicio de
Teleasistencia Domiciliaria del Ayuntamiento de Madrid, fuerza a sus
trabajadores, sin formación sanitaria, a tomar las constantes vitales de
los usuarios y llevar a cabo valoraciones en función de los resultados
obtenidos en dicho examen. En esta recogida de datos se miden la reactividad
pupilar, la consciencia, la orientación espacio-temporal, el relleno
capilar, la tensión arterial, el pulso, la respiración y la temperatura
corporal, según ha podido saber este medio.
Asispa, registrada como ONG, es una de las tres
empresas concesionarias que prestan este servicio para el Ayuntamiento.
Resultó ganadora del concurso público para uno de los tres lotes en los
que Madrid dividió el servicio para el período 2017-2020, en concreto el
que agrupa los distritos Centro, Arganzuela, Chamartín, Tetuán,
Fuencarral-El Pardo, Carabanchel y Barajas, aunque lleva prestando el
servicio más de 10 años gracias a concesiones anteriores. Según datos
del Ayuntamiento, durante el año 2015 (con la antigua concesión), se
atendió en total a unos 150.000 usuarios en la capital. Asispa es ahora
responsable del servicio a un tercio de ellos.
La teleasitencia está calificada por el Ayuntamiento
como un "servicio social" destinado a ofrecer "compañía, seguridad y
tranquilidad al usuario y a sus familiares". Se presta a través de un
dispositivo conectado a la línea telefónica desde el que es
posible establecer una conexión automática con la empresa concesionaria
disponible 24 horas. "En los casos en los que el Centro de Atención de
Llamadas valore necesaria una atención presencial, el servicio
desplazará al domicilio a personal de apoyo, no sanitario, para atender la situación producida", especifica el propio Ayuntamiento.
Tradicionalmente la principal labor de estos
profesionales, que disponen de llaves del domicilio de los usuarios, ha
sido precisamente abrir la puerta a los servicios sanitarios ante
posibles emergencias. Una de las más habituales es la caída de los
usuarios, que son personas mayores y/o dependientes en su inmensa
mayoría.
No obstante, Público ha podido contrastar con
varios de los trabajadores asistenciales de Asispa que la empresa les
obliga a hacer esta toma de constantes vitales y a llevar a cabo una
valoración de los resultados obtenidos. En caso de que se nieguen a
hacer esta valoración alegando falta de formación para ello, la empresa
les abre expedientes disciplinarios, llegando incluso a despedirlos.
Sin formación
En conversación con este medio, la directora del departamento de
Teleasistencia de Asispa ha confirmado que la toma de constantes vitales
está en el protocolo de actuación de la empresa para los oficiales que
se desplazan al domicilio de usuarios. Sin embargo, ha negado que el
procedimiento de toma de constantes sea "complicado": "Nos parece que
utilizar un tensiómetro digital, el termómetro o ver la reactividad
pupilar, la reactividad capilar presionando en la piel de la mano… Son
cosas muy rudimentarias". Asegura que todo su personal "tiene formación
en primeros auxilios, como mínimo", y que por ello "son técnicas que
pueden manejar perfectamente".
La empresa aclara que el objetivo de la toma de
constantes es trasladar siempre los resultados a los servicios
sanitarios "de forma objetiva", pero todos los trabajadores contactados
por este medio niegan este punto. Argumentan que la decisión de
avisar a un médico queda en muchas ocasiones condicionada a la
valoración que los trabajadores hagan de dichos resultados.
"Los usuarios son gente muy vulnerable, son gente
mayor, y tienen miedo de molestar", explica uno de ellos, que prefiere
no dar su nombre. "Tienen miedo de que sea algo grave, les ingresen en
el hospital y molesten a la familia. La empresa pretende que vayas para
allá, hagas una toma de constantes, le tomes la tensión y calmes al
usuario. Que digas a una señora: Tranquila, si solo tiene usted 12-6. Pero es que a lo mejor 12-6 es poco para una persona hipertensa, o mucho si tiene la tensión baja. Depende, yo no lo sé.
Ni siquiera tenemos acceso al historial clínico actualizado. No lo
deberíamos hacer, pero son muchos años y al final caes. Avisas de que no
eres médico pero, ¿vas a dejar a la persona nerviosa? Al final das valoraciones falsas. Muchas", revela el trabajador de Asispa.
Otro empleado de la empresa hace referencia a los
problemas que puede generar esta toma de constantes por personal no
cualificado. "Yo una vez tomé la tensión a una anciana, me dio unos
valores muy altos y llamé al médico y se lo dije. Me dijo que le diera
una pastilla de enalapril [utilizado en el tratamiento de la
hipertensión] mientras el médico llegaba al domicilio. Cuando llegó
resulta que me había equivocado en la medición, o el tensiómetro lo
había dado mal, y la usuaria tenía la tensión demasiado baja. Me echó
una bronca el médico que no veas. Nosotros nos la jugamos", confiesa.
Según los expertos consultados por este medio, el
problema no es la toma de constantes en sí, sino la valoración posterior
que la medición entraña. "Yo por un lado veo el beneficio para el
paciente al ir alguien a su domicilio y tomarle esas constantes, pero
luego tiene que haber un respaldo sanitario, esa información la
tiene que valorar adecuadamente personal sanitario", opina el doctor
Andrés Santiago, jefe de servicio de Medicina Legal Hospitalaria del
Hospital Clínico San Carlos (Madrid). "La valoración no se puede dejar
en manos de alguien que no está formado, porque es peligroso", asevera.
Sobre las mediciones más complicadas, como la
reactividad pupilar o calcular si la orientación espacio/temporal de una
persona mayor y/o dependiente entra dentro de los baremos normales, el
doctor apunta que la clave es la formación que reciba el trabajador:
"Todo el mundo se puede entrenar para todo". Eso sí, indica que éstos
"no deberían de dejarse someter a determinados tipos de presiones".
Todos los oficiales de Asispa consultados por este medio niegan haber recibido formación alguna sobre los instrumentos específicos que deben usar en la toma de constantes vitales.
"Hay ciertas mediciones, como la evaluación de las
pupilas, que no es fácil hacerlas aunque el método sea muy sencillo",
expone en este caso un delegado sindical del Samur, que acompaña
habitualmente a estos trabajadores cuando la emergencia sanitaria del
usuario está clara y debe efectuarse una apertura del domicilio. "Hay
que saber las complicaciones de cada técnica, como con el pulso: no es
igual un pulso constante que un pulso que suena arrítmico. Si no tienen
una formación sanitaria no están cualificados", reafirma.
El precio de la dependencia low cost
Uno de los trabajadores de Asispa que han alertado de su situación a Público
ha elevado una instancia ante el Ayuntamiento de Madrid denunciando la
situación. El equipo de Manuela Carmena adjudicó en abril el contrato de
los tres lotes en los que dividió el servicio de teleasistencia del
Ayuntamiento por unos 61 millones de euros, cuando lo había licitado por
88 en noviembre de 2016.
La competición por lograr uno de los lotes (cada empresa solo podía
ofertar por uno de ellos) ha terminado beneficiando a las empresas que
priman la explotación con menos recursos por encima de la calidad del
servicio. "Ha habido un montón de recortes, hace cuatro o cinco años
éramos el doble de personas para atender a los mismos usuarios", asegura
en este sentido otro profesional de Asispa.
"A la empresa le da igual cómo tratemos a los usuarios, solo le importa que apretemos el botón,
que es lo que queda registrado, para luego pasarle al Ayuntamiento esos
tiempos", continúa. En este servicio, los usuarios disponen de un
dispositivo con un botón que deben apretar en caso de alarma: en ese
momento empieza a contabilizarse el tiempo que los trabajadores de la
empresa concesionaria tardan en llegar al domicilio e intervenir. Para
detener el crono, estos deben volver a pulsar el mismo botón que apretó
el usuario en un primer momento. El tiempo de reacción es
analizado posteriormente por el consistorio.
"Imagínate que hay que levantar a una persona porque
se ha caído, y que según la tabla de pesos, tenemos que ir dos
oficiales, o tres —relata el mismo trabajador—. Lo que hacen es mandarte
a ti solo en moto para ir apretando el botón, y a lo mejor el usuario
está en el suelo dos horas, pero tú aprietas el botón y dejas registrado
que has estado en el domicilio antes de media hora, aunque no puedas
levantarle tú solo y no estés dando un auxilio real".
jueves, 2 de noviembre de 2017
Finaliza el conflicto con el Ayuntamiento de Madrid
Tras año y medio de lucha, la plantilla de La Rosa ha decidido poner fin al actual ciclo de movilizaciones, ante los compromisos anunciados por el Ayuntamiento de Madrid.
Desde el Área de Equidad finalmente se comprometen a mantener la comida caliente, nada de bocadillos.
También han anunciado que a mediados de noviembre van a sustituir las butacas hospitalarias por otras más cómodas, a modo de "sillón-cama", que al menos permitirá a quienes viven en La Rosa dormir completamente tumbados. Seguimos pensando que las personas que pernoctan en cualquier recurso social tienen derecho a descansar como todo el mundo (en una cama), al margen de paradigmas de intervención. Y así lo defenderemos en cualquier foro. Pero ciertamente significa un avance en calidad de vida respecto de la situación de los últimos años.
En cuanto a la lamentable situación estructural del centro, desde el Ayuntamiento se han comprometido a iniciar en noviembre unas primeras obras de emergencia, presupuestadas en 150000 euros. Y en abril nos trasladaremos a otros locales para realizar reformas en profundidad, presupuestadas en 2200000 euros. Por tanto, entendemos que sí, ¡nos hacen un centro nuevo!
Por otro lado, los nuevos pliegos recogen un aumento de plantilla (pasando en principio de 32 a 46 profesionales), y además se reconoce como convenio de aplicación el Convenio Estatal de Acción e Intervención Social e incluye varias cláusulas sociales. Se ataja así la enorme precariedad que caracteriza a nuestro sector y que hemos sufrido especialmente en nuestro centro. Por ejemplo, la reforma laboral del PP queda fuera de La Rosa: nuestro convenio mantiene la ultraactividad y el Ayuntamiento ha incluido una cláusula que obliga a la empresa a la no minoración unilateral de las condiciones laborales y salariales (no puede haber descuelgue del convenio), por lo que los efectos más perniciosos de la reforma laboral no nos afectarán.
Por último, tras años sufriendo las consecuencias de la mala gestión y el autoritarismo de ASISPA, nos despedimos de esta pizpireta entidad sinónimo de lucro. No se han presentado al concurso. La firmeza de la plantilla les ha puesto en fuga, pero no habrá puente de plata.
Acaba el conflicto, pero no la lucha
Ante los avances logrados, damos por finalizado el actual conflicto. Pero queda mucho por hacer.
ASISPA se va, pero según nuestros cálculos, nos debe más de 300000 euros en atrasos. Y vamos a pelear porque es nuestro. No pedimos nada más que se nos pague lo que corresponde a nuestro trabajo. Nos veremos en los tribunales, y nos reservamos la posibilidad de emprender cuantas acciones públicas consideremos oportuno.
En cualquier caso, parece que lo urgente va a solucionarse, así que ahora toca hablar de lo importante.
Si bien el Ayuntamiento reconoce en los pliegos la aplicación del CAIS, no asume que las Auxiliares de Servicios Sociales deben incluirse en el grupo 2 (como Tecnico Superior en Integración Social que somos), por lo que limita las funciones que realizamos en el centro y elimina la exigencia de estar titulado para acceder al puesto. Como venimos explicando, no se trata de un problema económico (se aumenta plantilla y presupuesto) sino de modelo de intervención, de diseño de la red de atención a personas sin hogar. Los nuevos pliegos renuncian a seguir avanzando hacia una intervención social integral e integradora, atándonos al modelo asistencialista vigente en nuestros Servicios Sociales.
Emplazamos al Área de Equidad al diálogo directo con sus profesionales. Consideramos necesario que, junto a los representantes sindicales del sector, los responsables municipales de la red analicen su situación a todos los niveles, para que todos los implicados podamos remar en la misma dirección. Nos ponemos a disposición de Ahora Madrid para hacer realidad el cambio en nuestros Servicios Sociales.
Seguimos pensando que la única manera de garantizar unas condiciones de trabajo dignas y un servicio de calidad a un coste económico razonable es a través de la gestión directa de los servicios públicos. Por eso apostamos por la municipalización. Desde La Rosa En Lucha vamos a seguir trabajando por una Intervención Social pública y de calidad.
domingo, 29 de octubre de 2017
Los Servicios Sociales españoles son "beneficencia" y "caridad", según lxs profesionales
Los servicios sociales españoles se sustentan, según el Consejo
General del Trabajo Social, en la "beneficencia" y la "caridad", un
modelo incapaz de aportar "dignidad" a los colectivos más vulnerables.
Los profesionales apuestan por dar la vuelta al sistema de protección
social y denuncian que su papel se ha reducido al de "meros gestores de
recursos".
El Consejo General del Trabajo
Social reúne estos días en Mérida (Badajoz) a más de 1.300 profesionales
para abordar los retos de este sector, cuyo papel se ha hecho más
visible con la crisis económica y el empobrecimiento de la población. Su
presidenta, Ana I. Lima, asegura que los servicios sociales dependen,
tal y como están planteados, del "paternalismo".
"A
la gente no hay que darle comida, hay que darle dignidad. Para trabajar
la dignidad hay que currárselo socialmente; ahí es donde se demuestra
la altura social de una comunidad", sentenció por su parte Antonio J.
Nisa, presidente del Colegio Oficial de Trabajo Social de Badajoz, en
una entrevista con Servimedia.
En
esta línea, el gremio de los trabajadores sociales reclama un modelo
menos asistencialista y que tenga en cuenta a las personas. "No es lo
mismo que alguien tenga que ir a Cáritas o a Cruz Roja y se le etiquete
de pobre para darle un plato de comida, a que acuda a los servicios
sociales y se le entregue un bono para que haga la compra él mismo",
añadió Lima.
A su juicio, un cambio
sobre el paradigma de la asistencia a las personas vulnerables abordaría
también su "dignidad". De hecho, España, al igual que el resto de
países de Europa del sur, es uno de los países que "peor desarrolladas
tiene las políticas sociales", según los expertos, pues peca de "volcar
el peso en la familia", destacó la presidenta del gremio.
"MEROS GESTORES"
Otra
de las reivindicaciones de los trabajadoras sociales es que se les
permita actuar como agentes activos en la intervención social, ya que se
consideran a sí mismos "meros gestores de recursos" por un sistema
impuesto por las administraciones.
Con
el objetivo de debatir y analizar el sistema actual del trabajo social,
la capital extremeña será escenario a partir de hoy y hasta el sábado
de conferencias, ponencias, debates y grupos de trabajo con trabajadores
sociales llegados no solo de España, sino de América Latina y Portugal.
Además, contarán con la presencia
de conocidos sociólogos y pensadores como Samï Naïr o Christian Felber,
que aportarán su visión sobre el sistema de los cuidados, el papel de la
economía o la política migratoria y la crisis de refugiados.
Y
es que estos profesionales rechazan ser "un recurso que se aplica" y
poder "diseñar" ellos mismos las estrategias, así como "marcar las
pautas" para "acompañar a una persona de cara a su inserción social", ya
que, según concluyó el presidente de los trabajadores sociales, "eso es
dignificar a la persona; dar de comer, no".
lunes, 16 de octubre de 2017
Mujeres sin hogar, ocultas e invisibles
“Tuve mi larguísima época de sofás, ocupando el salón de mis amigos
durante años, de un lado a otro y luego llega un momento en el que ya
tienen que decir ‘hasta aquí’. Tú no estás bien y ellos acaban hasta el
moño de ti. Pero, gracias a dios, nunca me dejaron quedarme en la
calle”. Sin terminar las frases, Patricia rememora el que pudo ser su
primer día viviendo en la calle. “Llegó el SAMUR y llamaron a mi
hermano, el teléfono de su trabajo era el único que recordaba”. Así
cambió el rumbo. Hoy vive en una habitación en un piso compartido, que
paga gracias a la renta mínima de inserción (REMI) de 400 euros y que
estira para pagar facturas y comer. Duerme en una cama, pero se
considera una persona sin hogar. Una mujer sin hogar.
La
tipología europea de personas sin hogar y exclusión residencial
contempla a aquellas que viven sin vivienda o en viviendas inseguras o
inadecuadas. Estas circunstancias podrían dar forma al concepto de
“sinhogarismo”, pero Patricia prefiere hacer uso de otro término que
considera más adecuado y que acuñó un amigo suyo: el sinlugarismo.
Porque, “más que sin hogar, es sin lugar, sin ese sitio de donde eres
tú”, trata de explicar. “La gente, cuando habla de sinhogarismo, piensa
en gente sin techo y no es lo mismo. Es no tener un duro y no tener de
donde sacarlo”.
Sabe de
lo que habla. Después de trabajar durante más de 15 años en un puesto
fijo, perder el empleo e invertir sus ahorros en otro proyecto que se
truncó, esta mujer de 59 años se vio “sin nada a lo que agarrarse”. Pero
este giro vital no es producto de un instante, sino de un proceso. “Es
poco a poco, cada vez tienes menos y a partir de ahí no hay manera de
salir porque ya tienes muchos años y es complicadísimo todo… estás
colgando de un hilo. Lo único que te queda es irte a vivir debajo del
Puente de Segovia. Y encima te culpabilizas de todo”.
La cifra
Según
el último recuento del Ayuntamiento de Madrid, el sinhogarismo femenino
representa solo un 11%, pero ahí solo se refleja la gente que está en
la calle, en los albergues o en domicilios de las ONG. “El resto no se
ve, por ejemplo, no se me ve a mí”, señala Patricia. La apreciación que
hace esta mujer da en la clave del efecto invisibilizador y potenciador
de desigualdades de la estructura patriarcal sobre las mujeres. Y en
cuestión de pobreza y exclusión social, el impacto no es menor.
“El
sinhogarismo de mujeres es mucho más oculto, más invisible. Por eso es
importante mirar este fenómeno desde una perspectiva de género”, apunta
Cristina Hernández, responsable de Incidencia de RAIS Fundación. “Si
todas las personas sin hogar están en una situación vulnerable, las
mujeres lo están más porque ellas, además, sufren la violencia
estructural que nos afecta a todas las mujeres”, subraya Hernández.
Para
Patricia, combatir la invisibilidad del sinhogarismo femenino pasa,
precisamente, por darle visibilidad “desde dentro”. Aunque lamenta que
“nadie quiere pertenecer a este club” y que “lo que hay que hacer es
dejar de estigmatizarlo, de sentirse culpable. Una buena herramienta
para salir del armario es su participación en el blog Realidades, donde escribe, junto con otros compañeros, sus experiencias como mujer sin hogar.
Elena Somavilla es una mujer de tez dura y curtida por el
sol, tiene tres puntos tatuados en la piel, pero no sabe si es gitana,
aunque no le importa. “Sea lo que sea, soy mujer y soy persona”.
Conversar con ella es alternar drama con humor. Lo segundo es su
antídoto para combatir lo primero. También es una amalgama de recuerdos
que tiene como punto de partida su infancia en un colegio de monjas en
Santander, hasta que, siendo muy jovencita, con una débil o nula
estructura familiar, llegó a la localidad madrileña de San Fernando de
Henares.
“He vivido en un banco, en hostales, debajo del puente,
en todos lados”, dice esta madre y abuela. Uno de los lugares donde ha
pernoctado es un minúsculo hueco de unos tres metros de largo por menos
de uno de ancho, escondido al costado de un local abandonado en una
barriada de San Fernando. “El rincón”, lo llama ella. Ahí ha pasado
noches con Daniel, uno de sus hijos, que sigue habitando ese espacio,
donde ahora tiene un colchón, algún plato y cubiertos, y las muchas o
pocas pertenencias que se pueden tener viviendo a la intemperie.
“Yo
me ponía al fondo, más cerca de la pared y él delante. Así nos dábamos
calor y nos protegíamos”, explica Elena. Aunque ella ahora tiene una
habitación alquilada, que paga con una ayuda de 360 euros por minusvalía
que percibe, y que en ocasiones cede a alguno de sus hijos, su última
estancia ha sido en una caseta cerca del cementerio, que todavía
frecuenta. Saca el móvil para mostrar el lugar. “Mira, esta es la
entradita con su cortina. Aquí tengo mi espejo. Este cuadro lo encontré y
lo puse... Vas reciclando lo que puedes coger por ahí y lo apañas.
¿Quién dice que no se puede vivir en la calle medianamente bien?”, dice
orgullosa.
“Mejor eso que estar tumbada en ese banco expuesta a
que te maten, a que te quemen, a que te violen… estoy más protegida ahí
dentro con mis muertos que aquí”. Elena denuncia haber sufrido palizas y
varias violaciones. Poco a poco intenta vencer el miedo acumulado de
tantos años de desprotección que han mellado en su autoestima hasta
pasar cerca de una década sin poderse mirar al espejo.
“En
la calle hay mucha diferencia entre hombres y mujeres, te tienes que
esconder mucho, me ha tocado salir varias veces corriendo. En alguna
ocasión me he escudado en la bebida para no tener miedo de vivir en la
calle y cuando te quieres dar cuenta eres un zombi”. Elena cree que las
personas que, como ella, viven en la calle no son invisibles. “Si lo
fuéramos, no nos verían como parásitos. Están pendiente de nosotros para
insultarnos, para señalarnos, para humillarnos, ofendernos, y no pueden
pensar que ellos pueden ser los siguientes. Aquí hay mucha gente que
tiene hipotecas, cuando no la pueden pagar les embargan y de ahí te
quedas en la puta calle”. Con estas crudas palabras recuerda que el
fenómeno del sinhogarismo lleva consigo un problema estructural de falta
de garantías del derecho a la vivienda.
En el Estado español
existen pocas investigaciones acerca de las personas sin hogar y la
tarea se complica aún más para conocer el sexo, algo importante para
trabajar en la necesidad de incluir la perspectiva de género al hablar
y, sobre todo, tratar el sinhogarismo femenino. A pesar de esta escasez,
algunos datos alertan de la extrema vulnerabilidad a la que se
enfrentan las mujeres. Según el Observatorio Hatento, el 60% de las
mujeres que viven en la calle es víctima de delitos de odio, y el 14,8%
ha sufrido agresión sexual.
Darío Pérez, jefe de Departamento de
Samur Social, indica que en Madrid “hoy todos los centros atienden a las
mujeres” y eso refleja “cierta feminización de la exclusión”. Sin
embargo, usuarias y algunas entidades sociales consultadas se quejan de
las carencias en el trato directo con las mujeres sin hogar desde el
paraguas de la atención institucionalizada.
Necesidades específicas
“En
los albergues los cuartos de baño no están habilitados para la higiene
personal femenina, no tienen en cuenta a quién o cómo tienen que pedir
compresas o tampones”, pone como ejemplo Cristina Hernández. Hace
hincapié en que, por ejemplo, “las condiciones de seguridad de las
mujeres no están garantizadas ni se atienden las necesidades específicas
de miedo y de terror”. La propia Elena denuncia que, en alguna ocasión,
después de esperar para entrar en un centro y dormir, se ha quedado sin
plaza a falta de habitaciones para mujeres. Pero, especialmente,
advierte que “esos sitios dan miedo, porque ahí está todo mezclado”.
“En
todo somos invisibles las mujeres. Hasta en el albergue, que ponían lo
que los hombres querían en la televisión. Una vez pusieron guarrerías y
me decían ‘pues yo te haría esto o lo otro’. Imagínate como me sentía:
humillada y muerta de miedo”, relata.
Después del viacrucis que esta mujer lleva a sus espaldas, le cuesta
imaginar alcanzar otra vida, menos amarga, menos dolorosa. Dice haber
perdido la fantasía y la fe, pero todavía es capaz de soñar un poco.
“Sobre todo cuando estás pasando hambre, frío, de todo, y en invierno
vas paseando y miras las casas con su salón, con su luz… piensas, ¡cómo
me gustaría estar ahí viendo la tele o cocinando, que siempre me ha
encantado cocinar! Cuando he tenido casa, he sido muy casera. Luego, por
circunstancias de la vida, llegó lo peor y acabé en la calle”. A.G, una
joven de 30 que prefiere no desvelar su identidad, pudo evitar la calle
como última salida, tras vivir situaciones límite por falta de vivienda
y empleo.
Esta chica, que comenzó a trabajar a los 19 años para
aportar en su familia —un núcleo monomarental—, fue encadenando un
empleo tras otro. Además, experimentó en primera persona los estragos de
la crisis. Por un lado, no pudo continuar sus estudios universitarios y
por otro, sus últimos trabajos fueron sin contrato. Precisamente, una
de las tendencias registradas en Europa por el Observatorio Europeo de
Sinhogarismo es el aumento de la proporción de mujeres jóvenes en este
colectivo.
“Intenté
buscar otro trabajo, pero en cuanto se me acabaron los ahorros no tuve
posibilidad de nada y fue cuando contacté con una trabajadora social, me
derivaron a un sitio de intermediación de empleo y a través de ahí me
ayudaron con la vivienda”. En ese proceso, de unos tres años, pasó tres
meses en casa de una persona mayor para hacer acompañamiento, después
fue derivada a un piso compartido pero tutelado por el Ayuntamiento de
Madrid, con visitas semanales y vigilado por una asociación, y
finalmente pasó a otro piso en que pudo vivir sola, gestionado por una
ONG, por el que pagaba una cuantía simbólica.
“Virtualmente
he podido estar en la calle, si no se hubiera dado una serie de
acontecimientos”, explica A.G., quien también reconoce tener respaldo
emocional por parte de su familia, pero que carece de un colchón
económico. Desde hace unos meses ha conseguido un empleo que le permite
alquilar una habitación con otras chicas de su edad y reanudar su
proyecto de vida con cierta estabilidad y con el sosiego de, a pesar de
haber recorrido una etapa dura, contar “con herramientas para salir
adelante”. A.G. se ha desprendido por completo de la culpabilidad y cree
que su situación no es aislada. “Puedes tener a mucha gente a tu
alrededor en una situación parecida y no saberlo, lo digo por mi propia
experiencia. Yo misma no doy a conocer mis circunstancias a otra gente
con la que no tengo la suficiente confianza, por pura supervivencia, por
no sentirte más vulnerable”, reconoce.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






